Y cómo echar por tierra siglos de biología

Febrero 22, 2009

Aprovechando el tirón que Darwin está teniendo estos días, os cuento una teoría evolucionista algo distinta.

Es una teoría especial, pues la autora no es otra que la que aquí os escribe. Y la confeccionó en medio de su niñez, cuando aún era inocente y no entendía el por qué de las cosas. Los del machupichu se lo atribuían todo a los dioses, pero yo, eso sí, era más realista, dentro del margen fantasioso en el que nos hallamos.

Al lío.

Un día me pregunté en mi fuero interno eso de “¿de dónde vienen los niños?”. Nunca se lo pregunté a mamá o a papá, ni siquiera a mis amiguitos.

Todo me lo guardaba para mí, tenía miedo de decir algo malo o que los demás se rieran en mi cara. Aquello parecía ser un tabú y lo último que quería era causar problemas. Tras observar a las embarazadas, a mí misma y todo cuanto había a mi alrededor, llegué a una conclusión. Más bien a la explicación que buscaba. Tenía dudas, nadie me las solventaba. ¿Solución? Suponerlas, darlas por hecho. Inventármelas.

Por entonces me pareció una idea genial. Hoy me provoca una sonrisa.

Mi teoría, pues, era la siguiente:

Todos, al nacer, tenemos de serie una especie de huevo diminuto en nuestro cuerpo. Un huevo situado en nuestro vientre que en un principio es invisible de lo pequeño que es, pero que conforme crecemos, se va haciendo más y más grande. Bien, ¿qué ocurre? El cuerpo humano no es perfecto, y los huevos de los hombres son siempre defectuosos, terminan por romperse. No consiguen mantenerse con vida, por una razón que iba más allá de mi entendimiento. (He aquí una gran laguna en mis suposiciones evolucionistas). De ahí que ellos no puedan tener descendencia.

En cambio, los de las mujeres siguen adelante. (Al menos la mayoría, pero puede haber excepciones, por eso algunas mujeres nunca tienen hijos).

El de cada fémina es distinto, único, y crece a un ritmo diferente también. Por eso unas los tienen antes y otras después.

Cada huevo puede crecer hasta cierto punto, hasta llegar a cierto límite. Una vez lo sobrepasan, el huevo se rompe, y..

Voilá. Niño al canto. El milagro de la vida.

Llegados a este punto, pensé entonces que las mujeres, de acuerdo a mi teoría, son autosuficientes. No necesitan a los hombres para tener hijos. ¡Si ya nacieron preñadas! Pero entonces, ¿por qué tenemos un papá, además de una mamá? ¿Se lo están inventando? ¿Hay algo que me ocultan? ¿Y qué leches es eso de la semillita? ¿La que usa el abuelo para tener tomates en el huerto? No lo entendía.

Pero entonces, pasó algo.

A cenar!”

Y.. fin.

Mis intentos de averiguar nuestros orígenes quedaron en el olvido. Ni siquiera los rescaté de mi memoria el día en que descubrí la verdad absoluta y decepcionante, en el colegio. Sí, fue en el colegio. Y también recuerdo que la profesora insistía en que, si nosotros queríamos, podíamos pasarnos ese tema y continuar con otros menos “embarazosos”, nunca mejor dicho.

Y menos mal que no lo hizo. Si no, quién sabe, lo mismo seguiría pensando que todos nacemos con mini huevitos adosados al hígado :)

 

Entry Filed under: Blog, desvarios varios. .

1 Comment Add your own

  • 1. Harad  |  Febrero 22, 2009 at 10:39 pm

    Pues no deja de ser del todo cierto. Sólo que en vez de un huevo las mujeres tenéis muchos, y que al, ehm, rompersénos a los hombres nuestros huevos, vertimos la, ehm, clara en los vuestros.

    En una de mis historias/libros/idas de pinza había una raza de elfos asexuados que se reproducían según tu método huevil. Al morir, esos huevos se desarrollaban fuera de ellos y nacían dos nuevos elfos (porque eran dos huevos).

    En fin, que tiene huevos la cosa [modo chiste fácil y repelente off]

    Responder

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